¡El movimiento ha muerto, viva el movimiento!

por Tadzio Mueller

¡El movimiento ha muerto! Más precisamente: el movimiento alter-mundista como lugar común de encuentro de movimientos y “activistas” y como oportunidad de transformarse en otro, en conjunto, a partir de la vinculación de sus luchas bajo y contra el referente común de la globalización neoliberal, está muerto. No es que las luchas particulares hayan muerto. Ni que hayamos visto el fin de las movilizaciones contra las cumbres: mientras escribo esto, se está trabajando arduamente, elaborando planes para impedir la realización de una u otra cumbre: el G8 en Italia en 2009, los festejos por los 60 años de la OTAN en Francia, y así podríamos seguir: nosotros somos las contra-cumbres.

Pero de alguna manera estas movilizaciones ya no tienen el mismo impacto que una vez tuvieron: ¿cuántos veces hemos gritado el último hurra? y ¿cuántas veces nos hemos movilizado y pensado, “si esta vez falla, dejaremos de hacerlo”? Incluso el comparativamente poderoso movimiento alemán poco pudo hacer contra la cumbre del G8 en Heiligendamm, aparte de reconocer que una cosa es sacar decenas de miles a la calle, y otra muy distinta conseguir que sus acciones tengan resonancia más allá del círculo inmediato de los participantes.

No me entiendan mal: el movimiento no murió la muerte ignominiosa de la derrota. En muchas formas, también ganó. Y para los movimientos, que para sobrevivir necesariamente deben moverse, también las victorias a menudo son la muerte, ya que viven y respiran en el antagonismo, necesitan un enemigo. ¿Qué pasó con nuestro enemigo? Preguntémosle a Martin Wolf, el ideólogo del Financial Times, portavoz respetado y elocuente de la ofensiva neoliberal. Refiriéndose al día en el que el Banco Central de Estados Unidos salió de garante de un gran banco para impedir que la crisis financiera se generalizara, escribió: “Recordemos el viernes 14 de marzo de 2008, ese fue el día que murió el sueño del capitalismo de libre mercado”. Es así que de cierta forma el neoliberalismo ha muerto, al igual que (nuevamente de cierta forma) también ha muerto el movimiento que se le oponía, del cual la corriente explícitamente anti-capitalista desde el seno de la cual escribimos este artículo, era solamente una parte. Parece haberse perdido precisamente eso que es capaz de forjar un movimiento a partir de una irreductible multiplicidad de luchas, eso que puede contrarrestar la descomposición de la resistencia, que el capital y el Estado buscan permanentemente imponernos. Para movernos necesitamos una historia, una esperanza, un gancho –y en este momento, el movimiento anti-globalización o altermundista es claramente un movimiento sin gancho, sin un enemigo, sin una meta.

¿El nuevo “gran movimiento”?

Pero así como hay un movimiento sin una historia, hay también una historia sin movimiento: el cambio climático. Un número cada vez mayor de políticas (incluso muchas que difícilmente tienen que ver con el tema) están siendo justificadas en términos de su relación con “el clima”. Y tras haberse visto marginados por el G8 y especialmente por la Canciller Merkel en Heilingendamm, los movimientos europeos desde entonces se han dado cuenta que deben desarrollar una posición y una práctica en torno al problema del cambio climático, o de lo contrario se volverán irrelevantes en el nuevo ’mundo feliz’ de los temas ambientales. Las fracciones más avanzadas del capital y los aparatos de Estado han descubierto una manera muy inteligente de generar apoyo político para una nueva “solución verde”, tanto para la crisis de sobre-acumulación (el problema de que haya demasiado dinero en pos de escasas oportunidades de inversión redituable) que ha sido la causante del actual caos financiero, y para la crisis de legitimad que sufren las autoridades mundiales desde que la fuerza del cuento del “terrorismo mundial” comenzó a desvanecerse. De alguna manera, el hecho que todos estén hablando ahora de este tema es una enorme victoria del movimiento ecologista, pero al mismo tiempo es también el clavo final que cierra el ataúd del movimiento: cada gran ONG ecologista está involucrada hasta el cuello en las negociaciones del tratado pos-Kioto, de manera tal que es improbable que articule una posición política que diverja significativamente de las agendas dominantes en el tema.

Así que hay un movimiento sin historia, y una historia sin movimiento –lo que significa que en la situación actual, hay pocas esperanzas de que el cambio climático sea tratado de alguna forma que no implique simplemente agenciar los intereses de los Estados y de cualquiera sea la fracción dominante del capital. Y como la posición anticapitalista por defecto sobre el cambio climático es que existe una contradicción fundamental entre los requisitos de la acumulación continua del capital (es decir el crecimiento económico) por un lado, y los requerimientos de enfrentar el cambio climático por el otro, esto parecería constituir una oportunidad perfecta para revitalizar una política anticapitalista que consiga nutrirse de las preocupaciones generalizadas de la gente sobre el cambio climático y la impresión de que lo que se está haciendo (Kyoto, Bali, comercio de emisiones, etc.) es demasiado poco y demasiado tarde. Es precisamente en estas situaciones donde los movimientos sociales radicales tienen la mayor capacidad para actuar y “hacer historia”, cuando los enfoques habituales de solución de problemas (en estos días: la creación de un mercado en torno suyo, o reprimir el problema) no parecen ofrecer una manera creíble de abordar algo que es ampliamente percibido como problema. Es precisamente cuando parece imposible encontrar ninguna solución, que se abren oportunidades para que los movimientos sociales amplíen los límites de lo posible. De cara a ello, la tormenta perfecta…

La política del sin sentido

… o al menos así parece. En realidad, si tomamos como punto de referencia las dificultades prácticas que enfrentan la mayoría de los intentos que se hacen para contribuir a la emergencia de un movimiento anticapitalista efectivo alrededor del tema del cambio climático, las cosas son bastante más difíciles. Si lo analizamos desde la perspectiva del Norte global, definitivamente existen intentos de desarrollar una política de cambio climático anticapitalista, pero cada uno de ellos enfrenta un conjunto creciente de dificultades. Vistos desde aquí, todo comienza en el Reino Unido en 2006, con el campamento para la acción por el clima, cuyo objetivo era cerrar por un día una estación de energía eléctrica a carbón en el Norte de Inglaterra, pero, además, y lo que es más importante, proporcionar un espacio para el desarrollo de nuevas ideas y prácticas para una política de cambio climático anticapitalista. Desde entonces, la idea de organizar campamentos para la acción por el clima de este tipo ha inspirado a distintos grupos en Alemania, Suecia, Estados Unidos, Chile, Australia, Nueva Zelanda y otros países, y actualmente parece ser la principal “arma” del repertorio de acción del movimiento del clima emergente (irónicamente, la idea inicial del campamento fue también producto de las lecciones aprendidas de las carencias y defectos de las protestas puntuales contra las cumbres).

Realmente no quiero menospreciar la importancia de estos campamentos –después de todo, inspirar a tantos en tantos países diferentes no es poca cosa- pero entre las muchas críticas a los campamentos del clima, hay una que se destaca: la pregunta es si estos campamentos efectivamente hacen algo, además de dar curso al deseo de hacer algo. Parece algo bueno estar en el campamento con compañeros y compañeras, pero está presente igual esa molesta pregunta. ¿Qué buscamos? ¿Qué podemos lograr? Y ¿todo este asunto de los campamentos –de tratar de cerrar las plantas de energía eléctrica una por una, al tiempo que constantemente luchamos para que nuestra voz no sea sofocada por las voces más poderosas que predominan en esta arena política—está acaso a la altura de la magnitud del problema del cambio climático? Esta es la clase de pregunta que probablemente hace que la gente se sienta bastante frustrada.

Seamos claros: no se trata de decir que la gente no debe organizar campamentos del clima –sólo decimos que necesitamos ser parte de un proyecto más amplio que nos dé algún sentido político más allá de la intervención específica y muy localizada. Podríamos, por supuesto, esperar que este significado más amplio –una cierta globalidad política- emergiera de los lazos que se están formando entre los distintos campamentos del clima que tienen lugar este año, pero este tipo de coordinación es limitada o sencillamente no existe. No hay demandas comunes (aparte de estar “contra el cambio climático”, que es prácticamente tan inútil y distintivo políticamente como estar contra la matanza de focas bebes), no hay historia común, no hay una consigna del tipo “terminar con la OMC”, ni siquiera hay un compromiso vago del tipo“o se la arregla o se la deja”: no hay un “otro mundo es posible”!

Si la forma de lidiar con el problema del cambio climático del movimiento en el Reino Unido aparece de cierto modo como limitada en su alcance político, al otro lado del espectro está la forma en que se ha abordado el tema en Alemania. Los intentos de dar inicio a un proceso de campamentos por el clima aquí no sólo han anegados por las clásicas rencillas y disputas internas de la izquierda, incluida una división en el proceso, sino que además se han enfrentado a otro problema político clave: aquí la izquierda radical es tan académica y está tan empapada de la “teoría crítica” y la deconstrucción, que su principal respuesta al problema del cambio climático es desarrollar una “crítica”al discurso dominante sobre el cambio climático y al “rol hegemónico del conocimiento científico” en la interpretación del cambio climático como crisis. Seguro que es importante recordar que los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático provienen de una institución profundamente conservadora, y reflexionar de manera crítica sobre cuán a menudo se recurre a los “conocimientos científicos” para acallar a los “no expertos” en los debates políticos, pero el “Diskurskritik” no puede ser la única respuesta al problema del cambio climático. Algo así como tirarle copias de textos de Adorno y Foucault a una inundación en ciernes, con la esperanza que las aguas simplemente desaparezcan.

De la intemporalidad a la efectividad

Pero la izquierda anticapitalista del Norte global tiene largamente asumido que es políticamente inefectiva y marginal, a pesar de algunos brotes de poder transformador en algunos momentos de exceso específicos. ¿En qué contribuye un “centro social” en Hackney, Kreuzberg o Las Ramblas a la lucha contra la especulación inmobiliaria y el aburguesamiento edilicio en las ciudades? ¿Una manifestación contra la guerra en San Francisco, tal como afirma una película hecha en ese momento, acaso “interrumpe este Imperio”? ¿El saqueo en las tiendas, aunque se lo haga de manera masiva, distorsiona acaso de manera significativa el proceso de circulación de mercancías del capitalismo? Para hacer honestos: no lo sé, y creo que muy pocos de los que participan en estas prácticas tienen clara la respuesta. Pero –y este es el punto que importa—cuando hablamos de “capitalismo”, los anticapitalistas no necesitan en realidad tener una respuesta para esta pregunta. Una manera de abordar el tema es señalar la dinámica no lineal del cambio en los sistemas sociales complejos, lo que significa que no podemos saber qué efectos tendrán nuestras acciones hoy sobre el mañana (pensemos en la mariposa en Bali y el huracán en Haití). O, hacer referencia a un argumento que se ha convertido casi en dogma en las discusiones anticapitalistas:“mira, el capitalismo no ha existido siempre, comenzó en algún lugar y en algún momento, y por lo mismo también terminará en algún momento” – ¡lo mismo podríamos decir del universo! Y así podría seguir enumerando las distintas argucias intelectuales que existen para racionalizar nuestra relativa irrelevancia política, pero espero haber aclarado el punto que quiero destacar: que la política anticapitalista en el Norte global existe en una suerte de intemporalidad debido a que no podemos o no nos animamos a pensar sus efectos en el futuro. Me vienen a la mente los avestruces. O el graffiti pintado sobre la pared de una escuela en Gotemburgo tomada por asalto por la policía: “Pero al final, venceremos”!

Y es aquí donde volvemos a porqué parece tan difícil para el movimiento anticapitalista desarrollar una política en torno al cambio climático: cualquier racionalización que haga posible pensar que al final venceremos al capital, es prácticamente imposible con relación al cambio climático. En contrate con la habitual intemporalidad de la política anticapitalista, el cambio climático es una cuestión urgente. Y el problema entonces pasa a ser como enfrentar esa urgencia. Las dos posiciones que describimos arriba son intentos de hacerlo, y las dos son muy poco satisfactorias. La primera se toma la urgencia demasiado en serio, y se apura a saltar a un campo político dominado por jugadores que son mucho más poderosos. La segunda posición reconoce que la construcción de la urgencia y la política de miedo resultante son a menudo estrategias de dominación –pero luego se contenta con criticar esa construcción, en vez de enfrentar la urgencia que reclama el problema detrás del discurso. Y esta urgencia emerge precisamente de un conflicto de tiempos, de temporalidades, entre la temporalidad exponencial del capital (en la cual el capital perpetuamente acelera la producción y la vida social) y la temporalidad de los complejos sistemas ecológicos y sociales, que por supuesto no son estáticos, y que pueden adaptarse a circunstancias nuevas, pero en general no a la velocidad que requiere el capital –si el cambio es muy rápido, entonces se llega a los infaustos “momentos de inflexión”, en los que las modificaciones a determinados ecosistemas se vuelven irreversibles y catastróficas (un ejemplo, la desaparición de la Corriente del Golfo; otro, el deshielo de las capas heladas de los polos).

¿Cómo enfrentamos entonces este problema de la urgencia? Primero, admitiendo que es improbable, en realidad, imposible, que una izquierda radical marginal sea capaz de desacelerar de manera significativa la producción de gases de efecto invernadero como el CO2, en un mundo en el cual la acumulación de capital es inseparable de la quema de combustibles fósiles. Tampoco podemos de alguna manera forzar una adaptación más rápida de los sistemas ecológicos a la velocidad del capital. Pero podemos intervenir en la temporalidad de la política, de la política de cambio climático de los gobiernos, cuyo rol es aislar de la crítica social la aceleración provocada por el capital, creando la ilusión de que la acumulación sistemática de capital es compatible con la estabilidad social y ecológica: en otras palabras, que sólo necesitamos hacer unos pocos ajustes (preferentemente en función del mercado), y que de esta forma podremos seguir adelante más o menos como estábamos. El resultado de este aislamiento es que se logra contener, e incluso cooptar la fuerza potencialmente explosiva de la conciencia crecientemente generalizada del antagonismo que existe entre el capital y una humanidad que forma parte de sistemas ecológicos complejos. Cooptada para que respalde una nueva ronda de acumulación (pensemos en el “capitalismo verde”) y una nueva ampliación de las reglamentaciones políticas que calarían aún más profundo en nuestras vidas.

¡Olvidemos Kioto!

Una vez más: la izquierda anticapitalista en el Norte global no puede “parar” o siquiera mitigar de manera significativa el cambio climático. Asumir que podríamos, nos dejaría obligadamente atrapados en nuestra intemporalidad, ya que solamente podríamos esperar lograr nuestra meta en un momento lejano, muy lejano del futuro –fuera del tiempo real, en el mundo del nunca jamás. Pero sí podemos, con nuestras fuerzas y recursos limitados, intervenir sobre la “lentitud” de la democracia genuina para romper el aislamiento protector del tiempo del capital que el Estado pretende imponer. Si una vez más dejamos la desalentadora certidumbre de nuestra propia descomposición e intemporalidad, si recordamos que como movimientos tenemos la capacidad de ser más rápidos que el Estado, entonces podemos evitar la cooptación e intervenir en su internalización de las energías antagónicas.

¿Y cómo lo hacemos? ¿Cómo mantenemos abierto el espacio político que genera la preocupación cada vez más generalizada por el cambio climático, que tiene la potencialidad de producir nuevas ideas y soluciones, nuevas posibilidades, que a su vez podrían ser una promesa de avanzar más allá del capitalismo? ¿Cómo se puede intervenir en las presiones poderosas hacia la constitución de un nuevo “capitalismo verde” hacia un “eco-Imperio”, un eco-Keynesianismo autoritario mundial? Si la urgencia nos obliga a pensar en términos de efectividad, y más aún, de eficiencia, ¿cómo puede nuestro movimiento, pobre en recursos, desplegar de manera efectiva sus fuerzas limitadas para maximizar resultados en función del objetivo de crear y/o mantener un espacio para el desarrollo de múltiples soluciones no capitalistas, no impuestas de arriba hacia abajo, para la crisis del clima?

La respuesta a esta pregunta comienza con otras dos preguntas, y de esta forma nos retrotrae al comienzo de toda la argumentación. Primera pregunta: ¿Cuál es probablemente el proceso más importante en sí mismo por el cual los gobiernos del mundo intentan aislar el capital de la crítica pública con respecto al cambio climático? Respuesta: casi ciertamente los procesos de Kioto/Bali, con los cuales se invita al mundo a presenciar los dramas de la alta política internacional, pero que al final producen poco o nada que efectivamente sirva para proteger el clima (sólo un comentario: desde la firma de los acuerdos de Kioto, las emisiones mundiales de CO2 han excedido incluso los peores escenarios proyectados por el PICC), y donde una reducción mínima de las emisiones legitima la producción continuada de un enorme volumen de gases de efecto invernadero –y ni que hablar de la creación de todo un nuevo mercado en créditos de emisiones (que se espera que valga alrededor de doscientos billones de dólares estadounidenses para 2020), para deleite del capital mundial. Está previsto que el proceso de seguimiento de Kioto, comenzado en Bali en diciembre de 2007, se firme en una cumbre internacional en Copenhague en diciembre de 2009.

Segunda pregunta: ¿Dónde radican las fortalezas de los movimientos radicales mundiales, tanto en comparación con nuestros enemigos como con nuestros aliados más moderados? Respuesta: en la organización de movilizaciones a gran escala contra las cumbres. Es precisamente en las movilizaciones en las cumbres que hemos desarrollado lo que podríamos llamar nuestra “mejor práctica”, donde hemos alcanzado antes un efecto político sustancial. En Seattle, no sólo logramos cerrar el centro d convenciones manifestando en las calles, también exacerbamos los múltiples conflictos existentes en el interior de la cumbre entre los distintos gobiernos que estaban negociando. Si logramos hacer lo mismo nuevamente, y construir una coalición política alrededor de la consigna “Olvidemos Kioto” e impulsarla como fuerza de cambio, podríamos al mismo tiempo mantener abierto el espacio político para discutir“soluciones” posibles al cambio climático que vayan más allá de la agenda orientada por el mercado que hoy reina, y ofrecer asimismo un punto focal y una demanda común por la cual pueda luchar el movimiento mundial emergente por el clima. ¡Olvidemos Kioto. Impidamos Copenhague 2009!

¿Pero por qué sugerimos organizar una protesta contra otra cumbre después de argumentar que las contra-cumbres se han vuelto cada vez menos efectivas en comparación con lo que eran? Debido a que la política del cambio climático en 2008 parece muy diferente a la política de la globalización neoliberal de 2008 –en realidad, se parece más a lo que hacía la política de la globalización antes de que fracasara la cumbre de la OMC en Seattle. En aquella época, durante la década del “fin de la historia”, muchos sabían que el capitalismo neo-liberal tenía fallas, pero nadie reconocía, tampoco la “izquierda”, la existencia de un movimiento, ni siquiera un“movimiento de movimientos” que se le pudiera oponer. Seattle creó la posibilidad de reconocer los elementos comunes a muchas luchas diferentes, de reconocer que todos enfrentaban al mismo enemigo. De un “movimiento” en primer lugar, que es donde el argumento cierra el círculo: el ciclo de las luchas alter-mundistas quizás se haya terminado, pero sus lecciones no han sido en vano, por ejemplo, la importancia de evitar el problema del movimiento de “una semana al año” que significa centrar todo exclusivamente en los grandes eventos. El movimiento emergente por el clima debe estar arraigado en prácticas sostenibles y cotidianas de resistencia y transformación en todos los niveles, no sólo en el ámbito mundial, sino en el regional, el nacional y el local. Pero antes de que pueda verse a sí mismo como ’un movimiento’, es necesario marcar la cancha, demostrar que existe una posición sobre el cambio climático que es más radical que el simple pedido de más y mejor comercio de emisiones. Que hay a quienes no sólo les preocupa el cambio climático, sino también su causante: el capitalismo. Y para que eso suceda, podríamos necesitar lo que alguna gente llamó un“momento de exceso” , en el cual el tiempo se acelera, y se vuelven posibles cambios que antes eran imposibles. Una contra-cumbre puede lograrlo. En ese sentido, entonces: ¡el movimiento ha muerto – viva el movimiento!

Tadzio Mueller vive en Berlín, donde milita en el movimiento emergente de acción por el clima, y enseña ciencias políticas en la Universidad de Kassel. Es editor de Turbulence, www.turbulence.org.uk

The Spanish translation of this article was originally published by Centre Tricontinental. The English original, published in Turbulence 4 can be found here. A Danish translation is here, and a Finnish here.

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